Foto: Alexis Araya 
La gran obsesión del siglo XIX, -ya se sabe-, fue la historia. ¿Podremos? caminar como un transeúnte mirando los nombres de las calles para ver en el curioso recorrido ¿cuáles? fueron los criterios que las construyeron y las bautizaron.
¿Podremos reflexionar sobre el espacio en que vivimos? y ver así ¿qué historia? se aprecia en sus calles.

Las jerarquías de los lugares, -que son nuestras tradiciones-, desde lugares urbanos, lugares rurales, lugares protegidos, lugares abiertos; se ubican en apariencia de forma natural, fluida, como si siempre hubieran estado ahí.
En síntesis, el espacio mismo que durante los años del descubrimiento fue ubicado en la jerarquía del nombre, del linaje, de la hidalguía, -que tenían los defensores del rey-, que era el lugar donde transitaba la voluntad divina de Dios; hasta éste mismo espacio que cambia cuándo Galileo re-descubre a la tierra dando vueltas al sol y sus teorías astronómicas hacen que éste espacio de jerarquías se vuelva infinito; que crezca y sustituya la localización de la jerarquía por la extensión del infinito.
Ahí empieza a cambiar la tradición; y ya no será un valor el buen nombre de ser hidalgo sino que el valor será progresar hasta el infinito y más allá.

Sin embargo pocos se enterarán de éstas noticias porque el invento de Gutemberg (la imprenta) aún no será masivo (para todos y todas); y por ello no circularán los libros con éstas ideas nada más que por las bibliotecas de los religiosos.

Pero el siglo XIX viene a modernizar todo. Las calles, con sus estacionamientos provisorios, para trenes, tranvías, taxis, carretas.

Entonces caminar entre las calles que ostentan -hoy por hoy- nombres de fundadores puede mostrarnos alguna reflexión sobre nosotros mismos.
Si caminamos desde el río Tunuyán; y atravesamos el barrio los Cóndores por arriba de las casas; y entramos al hospital por los pasillos y salimos por la puerta principal; -ahí está la calle 25 de mayo-. Con su grito de libertad. Su 1810. Y que luego será el cruce de la cordillera y el retorno desde el Perú por el mismísimo Manzano Histórico (manzano que mandaron a plantar 80 años después de la partida física de San Martín); y -justamente-, cruzando la avenida San Martín- la mismísima calle 25 de mayo se transforma y cambia de nombre para convertirse en el que será el Jeremías Sprinfield de Tunuyán. Es decir; la de nuestro fundador, la calle Elías Villanueva.
¿Quién fue?¿Porqué es un fundador?. Antes de él, ¿no podemos hablar de Tunuyán como lugar urbano?

¿Podemos?. No sé. Tal vez podemos decir que era un territorio con muchísimas hectáreas que desde Colón era de los reyes de España y de sus administradores; -encomenderos, funcionarios, corregidores, frailes-; pero que luego de las aventuras militares de San Martín pasará a pertenecer a los criollos acomodados.
A fines del siglo XIX esas hectáreas y muchas más le pertenecerán a la familia de éste hombre, -que será gobernador de Mendoza varias veces- y qué durante la campaña del desierto será muy colaborador para ayudar a extinguir a los nativos y a sus caciques.

 

Estamos hablando de Elias Villanueva.

La primera oportunidad que fue Gobernador de Mendoza, ¿qué coincidencia?, la mayoría de sus obras coinciden con la campaña del desierto cuyo principal exponente y ejecutor es Roca (padre) y obviamente Mitre y tantos otros colaboradores como éste gobernador de Mendoza, -Elias Villanueva-, donde la calle que lleva su nombre se cruza en sus primeros cien metros, -justamente-, con la calle más extensa de la parte urbana de Tunuyán; nos referimos a la calle Roca, -infinita como la campaña del desierto, -que aún hoy perdura en nuestros debates desde Pizarro o Cortés hasta Santiago Maldonado y su dudoso ahogamiento defendiendo la idea de reconocer a los pueblos nativos como un derecho a la identidad.
La calle Roca ganó siempre el debate; y por eso es tan extensa; y por eso arranca en el norte y desemboca en la Calle La Argentina, donde terminó de integrarse todo el territorio del país y que coincide la fundación de la Ciudad de Tunuyán.
Pero volvamos a preguntar por la calle Elías Villanueva.
Ubiquemos nuestra vista en la Mendoza de 1881. Sabemos que las políticas públicas desde hacía una década apuntaron a tres asuntos; tierra regada, capital y mano de obra.
En 1884 Rufino Ortega dictó la primera ley de aguas de la provincia; y así se concedían los derechos de riego. Tres años después se otorgó a sí mismo el derecho sobre 10000 hectáreas que él tenía en Malargue.
Recordemos que en 1879 se integró al territorio del país la mitad de Mendoza, parte de la Pampa y parte de Buenos Aires.
En 1885 llega el tren a Mendoza. Nuevas formas traerá para la economía. Nuevos actores.
La Mendoza mostrará en su vida urbana lujosas viviendas y también muchos rancheríos, es decir, desiguales expansiones económicas que son -como hoy- muy contradictorias.
Elias Villanueva fue un actor de las políticas estatales y de la instrumentación de decisiones que beneficiaron, -además de él- a muy pocas manos.
Recordemos que también éstas pocas manos controlaban el aparato financiero que fue intervencionista para ejecutar obra pública socializando los costos y beneficiando a esas muy pocas manos.
La oligarquías mendocinas serán parte importante de las burguesías vitivinícolas de principios del siglo XX.
Pero volvamos a Elias Villanueva. Elias de la Cruz Villanueva. Ése era su nombre; nació en 1845 en lo que hoy es Chile. Fue el segundo hijo de Melchor Villanueva y de Dolores Delgado. Fue diputado. Sargento de armas, luego ascendido a comandante de Guardias en San Carlos; protegiendo la propiedad del naciente Estado contra los nativos que hacían malones muy propios de la época; retratados con maestría en la primera parte del Martin Fierro.
En 1876 Elías Villanueva hizo establecer un matadero público, por supuesto, la concesión fue para él. Fue elegido por el colegio electoral de Mendoza entre 1878 a 1881 Gobernador de la provincia.
Años de trazado de calles, de estaciones de trenes que comenzaron a unir extensos territorios.
Pensemos en las relaciones de todos los espacios para estacionar, -la cama, la casa- o para trasladarse, -el camino, la huella, las calles, las distancias-, serán espacios cambiantes en el tiempo.


Y desde principios del siglo XX iban a cambiar bastante esos espacios. El adoquinado en las calles. Los tranvías. Los taxis. El mercado central. Elias Villanueva y Emilio Civit, -ambos gobernadores en la primera década del siglo XX-, comparten éstos negocios.
Los pueblos urbanos aseguraban una vida segura. Se fundaron como el caso de Tunuyán a partir de una comisaria. Y una vez levantada la iglesia y el cementerio; toda la ciudad que se inició alrededor de una plaza podía seguir creciendo.
Es interesante observar de qué manera el cementerio es también un espacio cultural ligado al conjunto de todos los espacios que se estacionan en la ciudad. Es decir, cada individuo, cada familia tiene parientes en el cementerio.
En la cultura occidental siempre existieron los cementerios pero al igual que el espacio sufrió transformaciones. Hasta el siglo XVIII el cementerio se ubicaba en el centro de la ciudad; al lado de la iglesia. Existe también una jerarquía social en las sepulturas. Fosa común para los difuntos que perdían su individualidad. Tumbas individuales. Éstas podían ser nichos o una tumba con una simple baldosa o grandes mausoleos con estatuas.
El cementerio sagrado con advenimiento de la ciudad moderna comenzó a tener un aspecto diferente. La civilización -curiosamente- a medida que comienza a dudar de la inmortalidad de los cuerpos y de la resurrección; -y se vuelve, -por así decirlo-, más atea-; comienza a prestar mucha atención al último vestigio de nuestra experiencia en el mundo. Así cada uno tiene derecho a su caja de madera para la descomposición personal.
En el siglo XIX comienza una obsesión por la muerte ya que se supone que los muertos llevan enfermedades y pueden propagar pestes o contagios; así es como se toma por criterio desplazar a los cementerios a los suburbios. El cementerio de Tunuyán no fue excepción de tales criterios. Allí todos tenemos otra ciudad y cada familia posee su otro espacio para habitar luego de la muerte.
Volvamos a Elías Villanueva. Lo que nos dirá wikipedia es que fue político, tres veces gobernador de Mendoza y que se murió en 1913.
Es interesante observar que durante la tercera vez que fue gobernador, precisamente en el año 1901 nombró como ministro de gobierno al Dr. Carlos Ponce.
Nuestras particulares formas de olvido y de sustitución nos conducen al nombre del Hospital; que primero se llamó 6 de setiembre, -ya que se inauguró en 1931 y sólo había pasado un año de aquel 6 de setiembre de 1930 donde Uriburu tomó el poder de la república de manera dictatorial. Alguien con cierta sensibilidad tuvo el buen tino de cambiar el nombre del Hospital 6 de setiembre por el del Dr. Carlos Ponce.
¿Quién fue Carlos Ponce?
Carlos Ponce no trabajó nunca en el hospital porque murió en 1930. Su merito no viene por el ejercicio de la medicina sino por ser un precursor de la narrativa regionalista. Ésto podemos corroborarlo en sus cuentos y en su única novela, “Termalia”; que está ambientada en el complejo termal de Cacheuta. Carlos Ponce describe el paisaje con datos históricos de la zona de Cacheuta. La novela refleja actividades de una sociedad alta integrada por viajeros que buscaban en el balneario alivio a sus dolores.
También publicó “cuentos mendocinos” y “El Dr. Theodoro Silva” y numerosos articulos periodísticos. La narrativa regionalista, el sencillismo, en la literatura mendocina, tiene en Carlos Ponce un adelantado y -como dijimos- un precursor.
El 22 de junio de 1930 con 67 años murió. El dr.Carlos Ponce le prestó el nombre al hospital de Tunuyán hasta 1989; que se lo arrebató otro médico; un odontólogo, de origen italiano que trabajó más de dos décadas en el Hospital Carlos Ponce; y tal vez su gran mérito fue juntar fondos para erigir un monumento, -al lado de un árbol de manzano de dudoso origen-; a 40 kilómetros de la ciudad de Tunuyán. Ése hecho hizo posible el argumento de colocar su nombre en el Hospital que se trasladó de sitio en 1989. Nos referimos, -ya se imaginan-, al Dr. Antonio Scaravelli.
Cuándo recorremos los lugares también recorremos nuestra historia. Y nuestro espacio puede ser siempre una apertura para seguir haciéndonos preguntas.