SUEÑOS

 

Primeras noches
Por: mmarx

 

“Piénsese en lo enigmático que es un sueño. Un enigma así no debe tener solución. Nos intriga. Es como si aquí hubiera un enigma. ¿Por qué debería el sueño ser más misterioso que una mesa? ¿Por qué no deben ser ambas cosas igual de enigmáticas?”
Ludwing Wittgenstein

Estimado lector, si a veces al despertar siente una necesidad insoportable de compartir lo que ha soñado y el público lo abandona tan sólo al empezar el relato, puede aquí en los comentarios despilfarrar la locura de su psiquis. Abriendo la cancha, aquí van algunas imágenes oníricas.

I El mar

Algo andaba mal: estaba en el bote con ojotas. Salimos temprano, yo sin zapatillas porque nunca me imaginé que terminaría el día ahí.
En el sueño es de noche desde hace aproximadamente unas dos horas. No podría saberlo con exactitud pues no uso reloj desde que tengo 5 años. El último que tuve tenía los numeritos en papel que giraban con una perilla a mano. Es un recuerdo tan viejo que se desvanece mientras la escena transcurre.
Fundido a negro.
Me veo mirar un pedacito de madera de una de las tablas sobre las que estoy sentada. Entonces me raspo la pierna. Una tenue línea rosada me palpita sobre la piel. No podríamos decir que tenía aspecto de rasguño sino más bien de un instante de aburrimiento que se borraría más rápido que el hastío propiamente dicho. Se supone que es la noche en que aprenderé a pescar.
Me siento arrojada a una entrega total al horizonte. Entrecierro los ojos intentando focalizar al máximo la línea que divide cielo y agua. Imposible: la tierra nunca fue más redonda.
¡Mirá, un satélite! ¿Dónde? Allá, mirá, allá, ¿lo viste? No. El bamboleo es una constante.
Mientras mis hermanos toquetean la carnada, veo mi mano acariciar la superficie del agua ¿Hasta cuándo nos vamos a quedar acá? Meto la mano. Siento que el agua está congelada. No, boluda, no hagas eso.

¿Por qué?
Nadie contesta.
Corte.
Caña en mano, respiro hondo. Nunca como esa noche siento tantas ganas de hablar y nunca como esa noche compruebo qué tan exacto puede ser el reflejo de las estrellas en el mar.
Corte.
Puedo ver mi mano pequeña en primer plano agarrándose fuerte al bote. Las uñitas sucias pintadas de un rosa chicle descascarado. Parece que pronto va a salir el sol. El silencio viene de lejos, se acerca y se va. Una y otra vez. Bamboleante, es un silencio mecedor como el agua nana-nana.

II El saludo

Cuando abro los ojos en el sueño voy sentada en el último asiento del colectivo, del lado derecho, antes de la bajada. Hay bastante gente de parada. Una minita con uniforme de colegio privado hace globos enormes. Un tipo habla por celular a los gritos. Está organizando una partida de póker para esa noche. Una mujer se apoya como puede sobre uno de los asientos, parece que va a caerse en cualquier momento, está agotada. Sus manos no dicen otra cosa. El pibe que va a mi lado usa zapatillas pony y no para de mandar mensajes. Percibo que algo le está saliendo mal.
Entonces cuando giro la cabeza hacia la puerta de adelante, subo yo. Yo de pequeña. Yo con siete años. Mi primer viaje en colectivo yendo a la escuela. Me veo mostrarle el abono al chofer mientras le digo hola y me adentro entre la gente. Anonadada de verme, tan igual y tan distinta, siento que no tengo palabras.
Dudo un instante.
Pero no.
Efectivamente soy yo, con mi caja de zapatos llena de gusanos de seda.

Entonces nos miramos.

Ella me levanta su pequeña mano y me saluda como si fuéramos amigas. No puedo creer: me reconoce. Sabe que yo soy ella. Yo devuelvo el gesto y no dejo de intentar recordarme quién fui, intento entender en qué me he convertido. Pero el tiempo es tan breve que la tarea será imposible, no tiene sentido entender lo que está sucediendo. Ella me mira un rato más y yo me entrego a la escena. Sus ojos brillan suaves entre la multitud. Y los míos.