Uno

 

El viento silbó entre los arboles durante toda la tarde. Cuando al fin el sol, engullido por las montañas, apagó sus últimos rayos, germinó una noche tibia y serena.

Carlos Araguna luego de leer tres páginas recostado en su cama, bostezó con la boca torcida como era su costumbre. Un movimiento le bastó para dejar el libro sobre la mesa de noche y apagar la luz. Antes de dormirse contempló la oscuridad mientras su brazo palpaba el lugar vacío del lecho matrimonial.

Al amanecer del siguiente día, medio dormido aún, se sentó a la orilla de la cama y permaneció un momento con la cabeza escondida entre las rodillas.

En ese tiempo advirtió que a pesar de todo seguía con vida y había que dar gracias por ese pequeño milagro.

Descorrió unas cortinas y abrió la ventana. La brisa le arrimó el jazmín del vecino hasta su nariz. Con el revés de los dedos se frotó los ojos y pegó un bostezo como para rajar el alma. El hambre le mordía le vientre y cuando el espejo del baño le repitió su imagen se dijo como en secreto, ya empezó a picar el bagre.

Era alto, flaco, huesudo sin llegar a causar impresión. Su mirada era modesta y el color de los ojos indefinidos. Tres mates amargos insultaron su estomago y después de apurar un cigarro abrió la puerta de calle. El rocío entre las hojas del jazmín, bajo ese sol pálido de la mañana, le trajo a la memoria las melodías de una canción.

Pedaleando a toda furia, diez cuadras más allá, recordó la letra de la canción. Cruzarás este largo día, Spinetta tiene razón, pensó.

Montado en la bicicleta que heredó de su abuelo, con un broche en la botamanga del pantalón para no mancharse con la cadena, Carlos Araguna encogió la distancia hasta su trabajo. El viento lo despeinaba y le lamía el rostro.

 

Durante el trayecto sus orejas, como si fueran el dial de una radio, sintonizaban retazos de conversaciones casuales que quedaban atrás del piñón y los rayos.

¿Aprendiste a manejar por correo y el cartero te afano las cartas?, cerrá la jeta o te la cierro yo, Cachilo, Cachilo, camine a la casa, ¡cachilo! vamos, perro botonudo, Espárragos, espárragos, tres pesos el atadito, taxi, taxi, Maestro quiere comprar algún perfume importado, le hago dos al precio de uno, taxi, taxi, No oficial, él frenó de golpe, Pescadero, el de atrás siempre tiene la culpa, llegó el pescadero, escuche no haga la denuncia, yo le pago el arreglo, traigo filet de merluza traigo, ¿no tiene seguro?, merluza entera limpia, traigo filet de merluza, Tengo seguro lo que no tengo es permiso para manejar, taxi, taxi, ¡gorriado por mí!, ¡vos sos mi hijo!, taxi, Chau hermosa, linda maseta para un malvón, Adios hay que prenderle velas.

Carlos Araguna frenó su bicicleta en la vereda de la farmacia donde trabajaba. Aunque nadie robaba bicicletas en el pueblo dos vueltas de cadena en el poste de la luz le otorgaron, como cada mañana, un sentimiento parecido a la tranquilidad.

La vecina, empleada de una tienda de ropa, miró fijamente a Carlos como buscando un saludo que tardó demasiado en llegar.

Buen día Carlos, ¿Cómo amaneció hoy?, como siempre, acostado en una cama Doña Carmela y usted, ¿enviudó por fin?

La mujer barría mientras hablaba. Parece que no durmió de corrido, las ojeras le llegan a las rodillas Carlos, Anoche cené empanadas y tengo una vinagrera como para hacer pickles, debe ser eso.

Cuando terminó la frase eructó sin ruido y, como si estuviera fumando, tiró el humito al aire.

Luego Carlos Araguna subió los tres escalones de piedra laja. No era una escalera empinada sin embargo tenía al costado un pasamano atornillado a la columna que enmarcaba la puerta.

La vereda de baldosas flojas era ancha y en la orilla cercana a la calle había un buzón del correo. En mucho tiempo nadie echó cartas allí. El poste de luz, de un verde opaco, era un caño apenas más grueso que los de la bicicleta encadenada a él. Al pie de aquel poste las baldosas estaban rotas.

El color blanco y negro de esos mosaicos daba la impresión a los caminantes de andar pisando el tablero de un ajedrez. De afuera se podía ver dos ventanales altos separados de la vereda por un cantero sin flores. En la medianera vecina asomaba con prepotencia una planta de ruda. Atrás de uno de los vidrios, como una pintura opacada por el tiempo, se leía Farmacia en blancas letras imprenta mayúsculas y en el otro, con letras amarillas y cursivas el nombre de la farmacia, Condor.

Antes de abrir la puerta, Carlos Araguna siguió con su mirada, en el reflejo del vidrio, el rostro enculado de Doña Carmela barriendo con la energía que produce la bronca.

Cuando entró a la farmacia el broche en su pantalón rozó el filo de la balanza y rodando como un trompo fue a parar a la punta del mostrador. El olor de los medicamentos viejos y el ruido de las campanitas en la puerta, que nunca terminaba de  abrirse, imprimieron en su semblante una sola certeza, la rutina empieza a abrirse paso.

Sin siquiera alzar el broche del suelo dio la vuelta para estar atrás del mostrador y miró sostenidamente a los dos hombres que esperaban ser atendidos.  Ambos conversaban sin entusiasmo. ¿Qué paso? dijo uno, Nada, todo bien, respondió el otro, ¿Cómo le va Don Andrés?, más bien ando, ¿Por qué será?, parece que al fin voy a pasar a planta.

Carlos se mordisqueó la uña del menique y los interrumpió. ¿Está atendido?, el señor está primero, ¿qué no está nombrado ahí en la municipalidad?, no, tengo contrato.

Carlos arrancó con sus colmillos un pedacito de uña y volvió a interrumpir.

¿En qué le puedo ayudar ?, ¿Qué tiene para el dolor de muela?, una pinza picoloro, hablo en serio, yo también, no, no, no sé, ¿un desinflamatorio?, éste es un genérico, anda muy bien, tengo una cajita que está vencida, es lo mismo, el efecto es un poco menor, pero no le hace y se lo cobro a la mitad, ¿Qué sale?, doce pesos la tirita de diez comprimidos, uno cada ocho horas, ¿es para usted?, no, para mi señora, sírvase, ¿alguna otra cosita?, sí, deme alguna crema para la manos, ¿piel seca?, no, me quemé en la escuela, en el curso de soldadura, ¿le saltó un chispazo?, no, estaba haciendo una parrilla y agarré un hierro del ocho para tantear si había quedado bien soldado, ahh ¿se quemó la palma?, école, mire como tengo, mierda lo agarró con ganas, ahí se puede poner platsul, sale noventa pesos, me queda el pote grande, que macana, ¿no tiene algo parecido?, más…mmm…, económico, sí, tengo algo más barato, diadermina, tiene casi lo mismo y la fabricamos acá en la farmacia, le sale doce pesos el pote, ¿le doy uno?, métale.

El dueño de la farmacia era un inmigrante italiano de apellido Pascualeti. Todo el mundo sabía que no era farmacéutico pero su simpatía le generó una numerosa clientela durante muchos años. Era petiso y viudo, con una calvicie rotunda que infructuosamente disimulaba haciendo la línea del peinado casi arriba de una oreja.

Cuando Carlos Araguna fue a buscar la crema para las quemaduras en el depósito, Don Pascualeti entreabrió la puerta de la piecita donde dormía cuando estaban de turno, asomó la cabeza y con lentitud llevo su dedo índice hasta la boca en señal de silencio. Carlos asintió con la cabeza y leyó en los labios de su jefe, no estoy para nadie.

Se cerró la puerta con el sigilo que obliga la clandestinidad y quedó flotando sobre el aire el aroma dulce y penetrante del humo de la marihuana. Ahí debe estar sentado atrás del cigarro de porro, se dijo Carlos subiendo a una pequeña escalera de lata para alcanzar del último estante el último pote de crema que quedaba.

AL descender un peldaño escuchó la voz del hombre de la mano quemada como si estuviera rezando una plegaria, deme dos potes de esa cremita mijo. Carlos Araguna amagó con subir de nuevo para mirar mejor pero se quedó en el amague y con un gesto de molestia que nadie pudo ver, respondió gritando, me queda solamente uno, cuando se le acabe, venga y le doy otro, esta semana vamos a preparar más.

Miró el reloj de pared desde arriba de la escalera y con resignación se dijo, paciencia, recién son las nueve de la mañana. Salió del depósito y súbitamente se encandiló con los ojos azules de su patrón. Se miraron un instante con cara de nada hasta que Carlos rompió el hielo con una pregunta abrasiva, ¿Se fumó un cañito Don Pascualeti? , el silencio como una reverberación fue breve, No, estoy con una menor.

Continuación 15/4/2014