Cuándo le pregunté a mi hija de dos años, ¿qué le gustaba más de la nueva plaza?; me respondió;

-Me gustó ¡cómo era!

 

El recuerdo más intenso que tenemos; -seguramente-; es el de cuando somos niños. Los niños –antes de memorizar las palabras que escuchan de los grandes- recorren todos los lugares; sorprendidos del tamaño de las cosas.

Me imagino el tamaño de la imaginación de un ser de dos años; que recorre una nueva plaza de juegos. Imagino lo que debe pensar:

Antes entraba por cualquier lado; y a la noche no se veía casi nada. Los bancos estaban lejos de los columpios y con las piedras, -algunas veces-, me raspaba las rodillas. Ayer mi papá me llevó por primera vez. A cocoho por supuesto.

Entramos y vi un tubo flaco y negro. Parecía una torre altísima. Me explicó una abuela que ahí se tiran las pilas viejas. Cuando miré a mí alrededor parecía que el mundo se me venía encima. Gritos. Risas. Luces. Me hacen acordar a las calesitas y a los parques de diversiones.

Y más allá; vi un tobogán rojo, -altísimo-, con muchas vueltas; donde un montón de niños y niñas hacen fila; tocan unos tambores; y luego salen por abajo todos mareados.

Después vi más atrás; una pared con puntos de colores donde algunos escalaban; -como si fueran el hombre araña-.

Los columpios están donde estaban antes; y hay uno que usamos con mi papá donde nos columpiamos juntos.

Casi lloro de la risa al ver a mi papá hecho un ovillo en ese columpio.

Me sorprenden muchas cosas; y algunas me dan emoción. Por ejemplo antes cuando me subía a la maroma; me asustaba mucho cuando golpeaba contra el piso; me ha pasado muchas veces; pero las maromas de la nueva plaza tienen un cuadradito de madera con goma; -y cuándo me elevo ya no me asusto tanto porque esos cuadraditos amortiguan el golpe.

Todo el piso se mueve en la plaza porque los colores van y vienen; sobre todo cuando corro rápido. En unos bancos hay unas esculturas. Una es la de una tal Mafalda, -que según dicen los grandes; es una niña muy preguntona-. También hay una escultura de un tal Hijitus; y también la de tres minions; -que están subidos uno arriba del otro- dándole la bienvenida a toda la niñez junta.

Yo no alcanzo las cosas altas. Y en la plaza; hay una corneta que es muy alta; de color rojo. Y cuando mi papá me alzó y hablé con mi hermana que estaba recontra-lejos; me dije: ¡Qué gran idea! Igual que el martillo finito que está para golpear a unos cañitos que hacen música.

Una música que nos encuentra saltando; -gritando- y también jugando en éste mundo misterioso, donde las cosas se mueven y cambian de tamaño.

Pero por suerte hay plazas que nos hacen olvidar del tiempo. Y algunas veces; -al menos por un ratito-; nos hacen olvidar de los problemas que a los papás les cuesta mucho resolver.