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Relato de ficción

10
Narrador
10
literatura

 

 

UNO

 

Tengo dos brazos. Una suerte de esternón hace posible el equilibrio. En cada punta; un quieto redondel muestra siempre un fondo brillante.

En aquellos dos platos; -la justicia del peso que corresponde-; vive como si supiera que esa superficie es él también; limpiando su propio brillo, con una gamuza naranja, como un territorio que está para ser lustrado.

Y es él quien los limpia. Muchas veces. Muchos días. Porque lo único seguro es que él es el único propietario y el único usuario de ésta balanza.

Más allá del bosque de fantasmas con esquizofrenia que lo habita; se considera un hombre recto, que tiene que vender, -como Dios manda-, con su negocio clandestino, pequeñas dosis de veneno.

Suficiente para herir a largo plazo. Y tan justo y tan necesario para que su vida siga siendo como hasta ahora; segura.

Una vida que es un plan de fuga constante, donde lo verdadero, entre la incertidumbre de sus muchos miedos, es el pulso, -en ciertos momentos-, cuándo su frecuencia aumenta.

Ahí mismo, la sensación es inminente. Se siente realizado. Le duelen unas vertebras pero no calienta. Son momentos donde él cree que la única novedad es que llegó su pasado. Siente tan real esa sombra oscura deteniéndose con la respiración que le agita el aliento; o porque lo cruzó una bala reglamentaria o porque su corazón se hartó de pedalear; no calienta.

Luego; un suspiro. Y comenzar otra vez. Imagina cómo será el escape hacia una vida nueva. Lejos, en una playa o en lo más alto de alguna montaña.

imageMi base, como las bases de muchas balanzas, es de madera. Estoy ya muy vieja. Lo único brillante es el suelo de mis platos.

Desde ahí hasta la base de madera habrá unos cinco dedos. Entre el polvillo de tierra, -si un ojo mirara con una lupa- vería que hay pequeñas piedras. Son el resto de todas las ventas que se han hecho en ésta balanza.

Y sigo aquí. Es el mismo lugar siempre; como si ya fuera una costumbre descansar arriba de la mesa despintada.

 

Y para hacer siempre lo mismo. Ése es mi papel. El plan. Medir el peso exacto de los venenos que él vende. Venenos que hacen que los pensamientos recorran otros caminos para encontrar los mimos atajos.

 

 

 

DOS

 

Soy tan pequeña como una mano. Y tengo dos bisagras tan pequeñas como las uñas. Esas uñas pintadas en esas manos son también ésta petaca. Me han abierto tantas veces para sacar de mi interior algún anónimo. Esos nombres que se imponen como el traje de un fantasma; y desde el fondo de la cabeza, -brotada-, indican cuáles son las reglas básicas que debe cumplir una madre que trabaja con las herramientas que le han crecido en su cuerpo.

Dos pezones que acarrean dos hijos. Una concha. Y por supuesto la boca; que le habla a esas manos para que la pinten bien. El trabajo es clandestino pero es trabajo. Es lo único que se dice.

Cuándo la escucho, -atrás de las lágrimas que se manchan con el rímel-, siento que lo que veo por mi espejo no resuena con esas palabras que se le salen de la boca.

Allá, -por algún patio de las muchas cavernas de su memoria-, la habitarán esos nombres que le han elegido esas palabras que siempre se repite.

Y las repite cada vez que abre ésta petaca. Yo la escucho. Otra cosa no puedo hacer. Pienso que se las dice para que sus hijos estén bien. Lo más importante; la bebe. En cualquier distracción puede morir o se la pueden quitar. El varoncito nó, ya sabe caminar, se maneja bien en la calle.

Como petaca también me veo gastada; aun así conservo el negro azabache con el que las fábricas nos recubrían. “Pintáte que serás una reina”, decían por todos lados. Y esas ideas que se imponen se le hicieron carne entre las costuras del pensamiento.

El llanto de la bebe no la dejaba desplegar la libertad; que ella suponía era vivir.

Una noche, entre las muchas noches que caminó por la misma esquina, me abrió y me usó más de la cuenta. Se enlucía la mirada. Muchas veces lo hizo. Muchas. Yo le vi el cansancio; soy su petaca y la vi oler el veneno que le desataba los demonios.

Me abro rápido y tengo un espejo. Le sirvo para maquillarse la cara y para…

imageLlevo en mi interior, como si fuera para ella una valija de viajes y aventuras, tres colores de polvo. Amarillo. Violeta. Morado. Y un marrón ladrillo. Además del lápiz labial, llevo dos pinceles de distinto grosor. Ella y ésta petaca somos la misma. También la habito y hablo en su nombre. A veces atiende al público sin recurrir a mí y casi no sabe hablar. Tal vez no se reconoce en las miradas que la quieren construir. Pero cuándo con el rubor le coloreo las dos mejillas y con el rojo le doy la voluntad a su boca; ella es otra. Se siente otra. Sabe que algunas cosas están mal pero ya hemos comprendido lo que te enseña la vida.

Aquella noche, el hecho tan simple de querer ganar más, nos enseñó todo lo que se puede aprender.

Atravesaron su cuerpo casi todos los instantes de la vida por medio de aquella noche.

Ésta petaca vio cuándo marcharon por su cuerpo aquellos bomberos, todos esos policías, la enceraban con sus lenguas como si quisieran limpiar en su piel lo que ellos creían que era el instinto de la hombría.

Como petaca de maquillaje encerrada en su cartera me vi obligada a regresar hasta donde vivía la balanza. Allí sucedió todo lo demás. Como una estrella que se tropieza en un agujero; nos fuimos con la balanza tomadas de la mano hacia el sur. Así sin más. Como si rescatarse fuera posible.

 

 

 

TRES

 

imageLa soledad se siente un abrazo cuándo me ve salir el vapor por el pico. Soy la tetera de aluminio que estuvo en cada instante de todos sus ayeres. No me entra ni un litro. El mango de madera lo tengo medio tiznado porque la acompaño desde que enviudó; desde cuándo calentaba el agua con la leña de la estufa; mucho antes que se usarán las garrafas.

Ella me aprieta por el mango, con sus manos buenas, para hacer los mates. Cada mañana. Cada tarde. Con sus yuyos mezclados entre la yerba, el cedrón, el burro, la peperina. Y cuándo lava el plato, después del almuerzo, me da una pasadita con virulana para sacudirme el hollín.

Dos remaches me aseguran la manija. Debajo de la madera, de donde se agarra la tetera para echar el agua hirviendo, con mucho cuidado, hay como unos badenes que ha hecho el tiempo y los dedos, -ahora tan arrugados-.

Y esas manos buenas, que se han cebado mates; que han acompañado a su vida solitaria; le llevan la corriente al tiempo con todas sus horas de la mano.

A veces no recuerda cuántos años tiene; pero debajo de los parpados, unas bolsas llenas de arrugas; le dicen que ya perdió todos sus números.

Con el poco tiempo que le queda, no le va a alcanzar para olvidarse lo que ya aprendió a contar.

Me sobrevienen en la memoria las veces que habló con el padre en la capilla cuándo enterró a su hijo. Ella, que nunca tuvo padres por culpa de la pobreza, tiene adentro de los ojos el agua de todos los mares. Y la bondad le ha quitado, -como a todos esos seres-, la sal que tiene su llanto.

Aquella mañana, -como todas las mañanas-, a la vuelta del mercado, luego de guardar la verdura, me agarró por la manija para poner el agua y acompañarse con unos mates.

La chica, -esa que trabaja-, golpeó fuerte. Venía con apuro a tirar a sus dos hijos arriba de la cama.

Lo último que habíamos escuchado fue a esa otra vecina del conventillito; donde viven para quejarse: “como a las tres me tocó ir a limpiar los baños; porque los chicos esos, que son ricachones, son más cochinos que no sé qué”.

Y al ratito los golpes en la puerta. Las palabras rápidas saliendo muy apuradas, como empujándose para implorar “cuídemelos; yo tengo viajar pero vuelvo en unos días; que no me los lleve nadie, tengo que hacer un viaje; por favor Doña, qué no me los lleve nadie”.

Y ella de pie. Firme. Con su mirada dulce hecha de bondad; sin entender, con el mate en la mano, diciéndole “Sí, mija. Se los cuido”.

Cuándo hirvió el agua y el vapor me silbó por el pico; se sintió el golpe de la puerta, que el adiós de la chica pegó. El llanto de la bebe tapó todos los ruidos.

 

 

 

CUATRO

 

Las Bersas Thunder 9 somos semiautomáticas. Todas las policías, federal, prevención, penitenciarios, las usan. En Ramos Mejía nos fabrican.

Peso un kilo. La longitud del cañón, el disparo accionado por retroceso corto, sumado a los diecisiete cartuchos, que puedo sacar a trescientos metros por segundo, le dan a mi portador ése poder que la sociedad usa para cuidarse a sí misma.

imageEl mango que tengo es negro. En el fondo siempre hay una luz que se hace abismo. Los balazos como los gritos habitan en sus puños. Le gusta pegar. La otra vuelta se sacó con un preso. Le gusta que griten fuerte mientras les pega. Muchos dicen que hay márgenes. Lugares abiertos como las plazas y cerrados como los cines. Pero hay también márgenes. Están; pero que no se ven.

Los enemigos y las fuerzas represivas son de ahí. De esos márgenes.

La patrulla si puede doblar una cuadra antes te dobla y después te da el beneficio de la duda. Y si un juez los guardó por algo habrá sido. Los suben al móvil. Los pasean por el penal. Les sacan la ropa. Y se ríen como las hienas. Si contestan mal les chumbean a mi portador. Él es un perro que le gusta pegar. No ladra. Muerde con los puños.

Éste trabajo le viene bien. Es rudo. No es malo; sólo que le gusta pegar.

Y yo; como toda Bersa reglamentaria; soy una pistola que él tiene que cuidar. Él lo sabe muy bien. Yo lo espío cuándo apunta. Cuándo revisa el seguro. Es un duro que antes soñaba mucho. Ahora ya se perdió en su cabeza.

Si hay algún quilombo él no salta. Yo siempre lo acompaño. Voy adentro de la cartuchera; bien agarrada al cinturón, donde cuelgan las esposas. Con la cacha y su mano somos una misma pasión. Con un ojo cerrado siempre me mira sobre la corredera.

Los puños de su mano, que tantos golpes han ofrecido, que tantos moretones han tatuado; que a las puras piñas han quebrado narices y se han manchado con sangre viva; están felices.

Esos puños también tienen estrías como el cañón de las armas.

Tal vez a él le gusta pegar porque pensará que su camino es largo. Ahora es ayudante pero para llegar a comisario general le falta subinspector, inspector, principal, subcomisario, comisario, comisario inspector, comisario mayor; y si no ha muerto; y si ha resistido quizá cumpla con sus expectativas y sea, -por fin-, comisario general.

Él no quiere cambiar nada. Sabe que las fuerzas de seguridad pueden ser cada vez más enemigas. Tiene que cuidarse. Todos tienen que cuidarse del orden público. Cuándo él me empuñó por primera vez sentí su violencia. Su frustración. Igual; cada día me limpia, acaso porque las pistolas semiautomáticas somos sencillas de desarmar.

Esa mañana nos mandaron a la casa de una señora mayor. Había que traer a dos niños que una madre abandonó.

Cuándo terminó el operativo se fue al baño de la estación. Se miró en el espejo y le brotaron desde algún fondo del espíritu todas las lágrimas que tenía guardadas. No podía calmarse. Y lloraba. Y lloraba. Y lloraba. Mientras tiritaba con todo su cuerpo, se le caían los mocos revueltos con lágrimas.

Se acordó de un potrillito amamantado por una yegua; que una vez vio. Y lloraba. Y lloraba. Y seguía llorando.

Se miraba al espejo y entre los suspiros se gritaba. “No lo entendí o no me hace gracia. Ahora porque me lo decís; lo entiendo. Entiendo de qué se ríen todos; pero sinó, no me doy cuenta; igual no me hace gracia”.

Y seguía llorando; como un dique roto. Como si todos los mares, tan reprimidos allá en el fondo sin fondo de sus pensamientos, se le quisieran salir. Y lloraba. Y lloraba. Y seguía llorando sin poder calmarse.

Cada lágrima que retumbaba al estrellarse sobre el suelo era un poco la música de la tierra.