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Escritores mendocinos

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Obituario: Jorge Sosa

Cuándo estudiaba Comunicación Social en Ciencias Políticas, -año 93-, el taller de radio se cursaba en segundo año.

Jorge Sosa era el titular de esa materia pero, -apenas uno cursaba el primer día ya se daba cuenta que, el profesor adjunto, -un canoso Dario Daldi-, era quien hacia todo. Corregía, organizaba los grupos, pasaba las notas, y Jorge Sosa, -con su elocuencia-, improvisaba cualquier ocurrencia relacionada con la actualidad.

Era el tiempo de la Radio Nihuil, de cuándo estaba en la calle  Echeverria, ahí pasando la Alameda.

Allí, ocurrió un explosivo tiempo de Jorge Sosa. Por ejemplo, el operador de la radio, -Carlos Romairone-, comenzó a imitar, -telefónicamente- y a incluirse en los guiones que Jorge Sosa escribía. Imitaba al pájaro Canigggia, me acuerdo, lo hacía igual.

Jorge Sosa podía ser un pavote en el squech que hacía con Mila Durand o podía ser el autor de cuarenta páginas, escritas en arial, 14, que fotocopiaban en la misma radio y donde se repartían los parlamentos, los catorce personajes de cualquier radio-teatro. Martín Fiero, por ejemplo. O Malena. Porque Jorge Sosa tenía ese humor, sencillo. Simple. Y buscaba las “palabras”, antes de escribir cualquier cosa, con mucha, -muchísisma- ansiedad. Por eso fumaba tanto, -digo yo-.

Mirá, en el tiempo en que fue profesor, lo que me acuerdo patente, que nos dijo una vez: ¿sabes quién elige a los presidentes?:

-Las tapas del diario Clarín-. Año 95. En aquellos días, él se apoyaba mucho en su hermana. La Maruqui. Con ella estaba, -me acuerdo- cuando  organizaron en la Subsecretaría de Turismo, -ahí al lado de la Garibaldi-, una actividad que celebraba algún aniversario de la radio.

Jorge Sosa se paró frente a todos. Algunos, -nunca faltan-, seguían hablando. Pero él a los gritos empezó:

  • Ana Marta Zapata, changa baja, Adan Carranza, la salva,  Ana Marta, tanta sal amarga. Tanta salvajada. Tanta.

Y así ocho minutos, hablando sin parar, pronunciando sólo palabras con la letra “A”; -casi disparando esas palabras, -como si fuera una ametralladora. Una tras otra. Era nuestro Wimpy; y un Wimpy que conocía a Tato.

Jorge Sosa escribió un libro de tapa azul. Humor en radio, creo que se llamaba.

Allí venían esos chistes, que él hacía, como el que “los músicos africanos se pueden casar con una negra o con dos corcheas”.

Jorge Sosa. Que chistoso.

Que después, -en otro tiempo-, sacó unos libritos de poesías, que estaban también muy buenos.

Esta mañana, Jorge Sosa, en pleno centro de Mendoza, cerca de donde vivía, entrelazó un nuevo drama colectivo. Para todos nosotros. Nosotras.

Es el duelo por la muerte injusta, porque es la muerte de un afecto muy íntimo; lo que Jorge Sosa representa para mí, y -tal vez para muchos, para muchas más-, es algo que no vamos a poder explicar.

Él me enseñó muchas lecciones sobre cómo se construyen las relaciones sociales.

Me parece que, si hoy pudiera decirme alguna cosa, estoy seguro que incluso, -con todo su cuerpo sumergido en una sombra de la que no sale-; me diría: – No te aflijas, soy un torpe que se volvió invisible.

La sombra de Jorge Sosa ya es parte de su misterio; un suplemento de esa oscuridad a la que nos enfrentamos a cada momento pero que, hacemos como si fuera invisible.

La sombra de Jorge Sosa es un fantasma al que le ha tocado su tiempo. Qué se le va a hacer.

Es una sepultura para nuestros afectos que, -van a tener que acostumbrarse-, a éste mismo mundo que se renueva sin él y que nos muestra, de ahora en más, algo “inconcebibcle” en Jorge Sosa, -su silencio-.

Un silencio que nos grita y nos obliga, -como su familia-, sin elegirlo, a estar de luto.

Y su cuerpo, -seguro- ya está mordido por la violencia de la tierra.