Como un guerrero antiguo

te traigo madre tierra las heridas,

como un árbol

los vientos que azotaron mis ojos,

toda la sed bebida durante tantos años de camino.

Con mi alforja repleta de ansiedades

y de cartas de mar,

yo dejé una mañana la vieja casa, el río, las murallas,

y me fui con mi sed a descubrir el mundo.

Crucé azules inmensos de pintadas gaviotas,

desangrados y rojos arenales,

dormidos lagos verdes de esmeralda nocturna

y montes como espadas de piedra, cobre o nieve.

Bebí en el Magdalena, le velé el sueño al Cauca

y clavé los cordeles de mi tienda en la alta sabana de Bogotá.

A mis espaldas veo días de niebla,

noches abrasadas de angustia y de calor,

voces tronchadas a bayoneta, odio y hambre desnuda,

injusta y sin adornos, como jamás imaginé.

Miles de hombres acorralados, tristes,

sin siquiera saber leer su nombre,

mujeres que no han hecho otra cosa en la vida

que llorar soledades y parir hijos,

niños de piel y hueso tan sin fuerzas

que nunca persiguieron mariposas.

Pero he visto también un pueblo nuevo

que ya quiere reconquistar su nombre y que le sobra

dignidad y coraje para enfrentarse al odio y la mentira

durante tantos años amasada.

Ha desamordazado las palabras y los colores,

anda buscando a gritos su verdad sepultada

bajo siglos de barro y está desenterrando

sus raíces para encontrar su voz.

Y ya la tiene,

más viva que ninguna en el planeta,

forjada en fuego antiguo, insobornable,

cruda como la luz que la alimenta.

Desde Macondo a Río y de Salta a Pereira

un hombre nuevo está naciendo,

sabe que la batalla es larga pero más la esperanza.

Nunca vi junta tanta sinceridad,

tuve que acostumbrarme,

ni creí que el amor pudiera ser tan libre y sin disfraces,

y la amistad tan cierta y sin fronteras.

Tuve que revisar mi vieja Historia de conquistas y héroes

y romper las palabras para abrirlas

y llamar a las cosas por su nombre olvidado y verdadero.

Tengo derecho a hablar, son cinco años

de vivir en la brecha jugándome mi pan a cada instante,

durmiendo a cielo abierto.

Ha madurado mi dolor y os juro

que es amor lo que siento y lo que empuja

mi voz hacia las manos.

Me ha crecido la sed como un río en invierno,

me sangran las palabras de guardar el secreto,

me saben a bambuco y a joropo las noches

y me duelen los ojos de tanta luz y viento.

Te traigo,

madre tierra, mi guerrero y mi árbol,

mi hombre más sediento.