Marcos Perez Linares

 El crepúsculo angurriento

 

 

CERO

El silencio

El lenguaje es singular, casi tan suave como un glóbulo blanco. La fabulación es su mejor oreja.
Lo que escucha lo cambia y te cuenta historias del tipo: En aquellos tiempos vivía un viejo que pensó «tal cosa» para que usted suponga «tal otra».
Imagínese; como que un virus muy contagioso hecho de ideas reflejadas en «dibujos», en «letras», (con formas, con figuras, que ya traen una historia retratada en uno o en otro sentido); y cuando forman palabras; ése virus le da una mirada al mundo que devuelve una imagen; pero que en verdad es sólo una apariencia, una engañosa representación difundida por muchas memorias; y que uno cree recordar, mientras se olvida que las palabras guardan secretos, y -en simultáneo- el lenguaje se come a sí mismo para ocultarlos.

Hoy me voy a comer al que se mire en ésta fábula; debe pensar ahora.

La digestión de ideas mezcladas, que confunde a todos los seres, produce que todo marche con equilibrio, como el calor y la luz, juntos a la orilla de un fuego; ahí en lo absoluto de la noche, y su estrella o su origen; hecho con instantes habitados, que están girando -lentamente- para reflejar, la aceleración veloz del tiempo que explota.

¿Me entiende?

¿Piense en la música?¿por qué algunos no se conmueven con la nota «Si»?

Simple.
Los seres de la tierra mientras diez eructan noventa buscan comida; pero los que hablan el «hablar» con todos los gestos, con todos los sonidos, entienden que el lenguaje es quién está hablando.
El lenguaje es un virus «selectivo» que fábula cuando uno no presta atención.
El relincho. ¿Qué es?. ¿Una palabra?, ¿un sonido?, ¿un grito animal?, ¿un apodo?
El lenguaje le está hablando, que no es nadie y como el viento; conoce todas las historias. Sabe el origen de todos los contagios.
El lenguaje está diseminado en las fábulas. En las historias que han transitado por las superficies del tiempo y en la dilatada angustia, -irreversible-, de los recuerdos precisos que están adentro de un olvido que todavía no llegó.

¿Me explico?

Esto es una conversación entre usted y yo. No diga nada. Yo soy el lenguaje. Nadie me cree; pobre de ellos. Yo trato de buscar en las paradojas alguna explicación para entender que buscar comprensión es inútil.
Y por extensión soy experto en disolver incertidumbres. Un virus en acción.
Mire con el corazón, y diga: ¿no es de digna habilidad de mi parte; como lenguaje que se inventa a sí mismo, con ingenio, dotar con las cifras precisas del movimiento del tiempo, a un ser, cuyas células motoras están paralizadas?
En esa singular apariencia hay también una «gran explosión».
El glóbulo del virus del lenguaje que conversa con la paradoja. Pobre Newton estaría con la boca abierta si me viera con sus propios ojos. Pero no puede. La imagen de éste mundo no se lo permite. Cuando Colón me pidió las palabras al principio yo me oculté entre las tortugas; pero después me subí por la espada hasta la cruz y quemando brujas viajé por ése continente. Me comí, me comieron. Almorzamos y llevamos y trajimos, palabras y poblaciones. Lustramos zapatos, cosechamos maíz. Hicimos la digestión y produjimos los asesinatos. Todas las palabras lo hicimos. Las palabras lo hacemos porque vamos madurando.
Las historias que se tejen, -porque nos convidan a hablar-, son las conversaciones que arman los líos, que arman los enredos, como la Torre de Babel, que distribuía los cargos políticos con la siguiente lógica: donde las decisiones eran importantes para el porvenir; colocaba a los seres con mayor inoperancia y con un esforzado desconocimiento de los aspectos técnicos de la tarea asignada, para que las palabras maduren con más eficacia. Para que maduren de golpe.

UNO

 

El lenguaje se presenta.

Cierre los ojos.

¿Qué ve?

Oscuridad, memoria reflejada con palabras. Las palabras, que son un abrazo adentro de la plegaria están en el altar y en las creencias. En la justicia y en su balanza siempre inclinada hacia el dueño de la espada.
Cierre los ojos.

¿Qué ve?

Una orilla de un mar repleto de palabras.
¿Y afuera?

Las redes y los caníbales.

El lenguaje le está hablando. Las palabras que tengo en el cuerpo, sólo pueden mostrar las marcas de los mordiscones. Así es mi fisonomía. Dientes marcados en la piel de la historia y su destino.

Los que son hablados por el lenguaje creen que mirar estrellas es también conocer los testimonios del primer amanecer; ahí en el estallido del único origen.
¿Usted piensa que algunas palabras son ambiguas?

 

 

DOS

¿Está oscuro o brillan las estrellas?

Las vibraciones sólo pueden ser perpetuas. Cierre los ojos; con los dedos tápese las orejas.

¿Qué escucha?

Sea silencioso como el universo.

¿No escucha nada?

Ahí; justo donde la respiración raspa hay otra orilla. Esa orilla separa las palabras de la realidad. Es la orilla de los eructos. Allí comen los desalojados y los exquisitos.
No diga nada; el lenguaje le está hablando. Algunas palabras ya se han ido.
Agárrese la piel de un brazo. Muerda con sus dedos la textura.
Le voy a contar porque estoy conversando con usted.

 

TRES

 

Hace un tiempo una niña de pocos años tomó unas pocas palabras y me dijo:

–          Los astronautas saben luchar arriba y los bomberos saben luchar abajo

En los ojos de la niña como en el brillo del carbón hay un reloj rápido.

–          En aquellos tiempos había una mona que hablaba como los mudos, no le salía el sonido; tampoco quería, pero hacía gestos…

 

Cuando los caníbales extendieron el mantel, sentí en mis entrañas los primeros mordiscones; y la panza del viento sobre la superficie de los lagos.
Meciéndonos a nosotras; las palabras.

El lenguaje somos todas las palabras; incluso las poquitas que comieron de esa niña. Ella apagaba las velitas y de pronto,  justo ahí, entre respiración y respiración; arriba de los brazos de su madre.

–          Que los cumpla feliz, que los cumpla de feliz, que los cumpla, que los cumpla, que los cumpla feliz

Las palabras son así, como un Dios que se disfraza de bueno junto a un diablo sin máscara a la misma vez.
Aún escucho esas últimas palabras, vibrando en el aire, jugando a salir por la boca de la niña en su tercer cumpleaños.

–          Con las manos no perdés, con las manos saltás y tocás el paraíso. Así funciona.

Cierre los ojos. Con los dedos tápese las orejas.

¿No escucha?

¿No siente esa palabra revolcándose así misma?

Grita un dolor y el salvaje se come y se indigesta y la complaciente civilización se devora una vez más y se sobre ella misma se enrolla. Las palabras lo hacen todo el tiempo.  Ellos no se dan cuenta; créame:

Las palabras se desmembran y se descomponen, y quedan en la superficie de arriba, como un mar hecho de pescados, -con la panza mirando el sol, pero sin agua; sólo el aire comiéndose la tierra para sostenerla-.

Y se agitan porque son palabras comiéndose a sí mismas; para crear otros permisos, para nacer en los ratos que no están, para explicar con otros rostros el mismo universo, para distraerse y practicar el mal; porque las palabras se embriagan con palomas para poseer el cielo; un cielo de nombres que ya están en usted, -ya lo comieron- y al final, siempre soy yo en mis otras envolturas.
El lenguaje le está hablando; y las palabras le dirán que el lenguaje o no lo encuentra o lo ha perdido.
Así será el atardecer de los colores. Y cuando su lenguaje lo vuelva a pasar por el equilibrio; al ruido del agua lo verá en sus ojos. Y es perfume en el viento. Golpes con un ritmo breve que se repite para sonar siempre igual. Vibraciones y palabras. Caricias. Cascabeles. Las miradas en los charcos son insectos de la misma danza.
Cierre los ojos.

¿No ve la geografía iluminada?

¿El sol hundido en la distancia?

Tápese las orejas. Ahí viene el ruido del agua, como un grillo callado que le deja el rugir a las mareas; dejando al tiempo trabajar tranquilo; mañana voy a ser la mejor maravilla.

– Sea silencioso, como el universo de los sonidos dulces

Hay una cuerda. Tirante. Vibra. Y cuándo la foto golpea en el sonido; reverbera una la voz; la del árbol que se dejó tallar.

El fuego siempre llega del cielo; y hay desiertos envueltos que respiran mar en la montaña.
Baile sin las sombras y con el aliento mida la sed. Arriba de los árboles el viento se marea y las estrellas siempre crecen entre la noche.

La niña pensará.

– Somos niños; aprendimos a tener miedo

Las estrellas separadas brillan como si la oscuridad se durmiera con un propósito: juntar los sueños ajenos. Cierre los ojos.
¿Está oscuro o brillan las estrellas?

 

 

 

 

CUATRO

 

 

Apaguen ése viento. No sabemos quién nos mezcló; tampoco porque estamos aquí. Sólo sabemos que el lenguaje es quién está hablando, como un viento que cruje entre las urgencias del tiempo que no se apura. ¿Alguien escucha en el final de la respiración?

Cierre los ojos una vez más. Espere. El viento respira.

 

 

CINCO

 

 

Atrás del momento que se esconde en la geografía de alguna de las fábulas; esas que alimenta el lenguaje; siempre hay seres que se quieren. Si una persona camina por la historia que hacen las palabras encontraría que sólo ciertos aromas lo pueden aproximar a distinciones como una fotografía realista de la imaginación.

El lenguaje le está hablando y el lenguaje se alimenta para recordar y recuerda para alimentarse. Así me construyo y me desarmo. Me cómo y me indigesto. Siempre fue así. Me como las palabras y las mastico como los obreros al pan.

Cierre los ojos y pregúntese si en las geografías de las historias de amor; que andan por ahí en los acordes suspendidos del viento, -que no se termina de apagar nunca; como ciertos timbres de voz, como ciertas aproximaciones al aroma-, no estará esa metáfora que no posee palabras para traducirse.

Hay ahí una casa para las fábulas. Y el amor y el fuego lo cocinan todo.
Esa idea la escuché de los labios de una piba. Las palabras viajaban arriba del micro.
Una piba de veinte con esa tristeza dulce en la mirada.

– Sabe qué, al Costra lo perdió la chaboncita, el amor y el fuego lo cocinan todo, ojalá se recate,….

Si la vieran esas gentes que toman vino en copa, dirían que es gorda, negra, fea; que sus ropas sencillas están entre el ridículo y la suciedad.
Lo cierto es que no hay palabras que se ajusten para decir cuál era su aroma y porque su fábula nos persigue siempre.
La piba tiene un tatuaje debajo del ojo; una forma de lágrima con un brillo opaco sobre la ojera. El tatuaje tenía un pulso y una estría de cárcel.
El pelo teñido de rubio. La panza enrollada en una bombacha desteñida. El cansancio en los ojos es como una mirada ciega. La sala de su mente y el ánimo definitivo parecieran  aterrados de lo que vendrá.

El aire de la tarde le sopla el flequillo. El micro quieto arriba del paisaje que se mueve con rapidez, deja entrar por la ventana el viento que despeina a la piba. Se llama como un color, Celeste.

Un sabor de tiempo lento se mueve en la fábula como los pasos de algunos ancianos que no aprendieron nunca que los horizontes de sucesos se ensanchan con la risa.

El lenguaje miente para tener hambre; fabula, inventa, -dice que le cuentan-; y todas las intenciones con un idéntico fin; como ajustando un propósito preciso. Comer raspando en los despojos de la propia arcada; alimentarse con su propia digestión; como las hojas más altas de los otoños de los árboles bajos.

 

 

SEIS

 

 

Antes de hablar, Gustavo, dudaba una crecida fracción de tiempo para elegir, entre las escasas palabras que había aprendido, cuál era la más adecuada para comenzar una oración.
Éste amague ocurría siempre y había ensayado mil maneras para evitarlo. Cuando conoció a Celeste por sugerencia de ella, cambió ése amague por tres muecas cortas; como si antes de hablar su garganta dijera tres palabras, -siempre iguales-, tres golpecitos de tos culiando su propia risa.

Je, je, je, yo no tengo nada, sólo deudas, por eso planto…
Sos agricultor entonces

Je, je, je, ¿Sabés quien tiene la posta?
¿quién?
Je, je, je, el amor

La casa está despintada. El patio es de tierra suelta. Un tacho de pintura, boca abajo, es el único asiento.

Je, je, je ¿Querés que te haga una tuquera?
No

El humo se desentiende. Desde el suelo, como la semilla que busca su estrella, la mirada de Celeste cae hacia arriba y se frena en los ojos de Gustavo.

Je, je, je sos re-linda!

 

 

 

SIETE

 

A qué hemos venido al mundo?
A jugar!

 

El viento, como la respiración del mundo, arrastra palabras revolcadas en los sonidos de más abajo. El lenguaje le está hablando para oír los sonidos de abajo y para que se prenda el sol; ahí en el otoño sembrado en la vejez de un sólo atardecer, que parece repetirse en cada hoja, que son todas y la misma. Es con frecuencia el mismo instante entrelazado en un movimiento con llamas de fuego, igual que una luz trotando con velocidad para dividirse en dos y confundir el ruido en la otra orilla, como las hojas germinando de un brote; y las nieves de ayer llevando el viento; el que respira en el horizonte; -siempre a falsa escuadra-, y todos los sucesos al otro lado del río.
El lenguaje tomará a las palabras por el cuello y les dirá:

– Y cuándo hablen de sí mismas dejarán de existir

La orden parece una trampa. Los mejores amos; los que tratan con cariño a sus esclavos, saben que las palabras los aíslan. Y saben que a gran escala todas las palabras se dirigen hacia una dirección contra las otras apuntando al mismo tiempo hacia el choque de las trayectorias.

¿A qué hemos llegado hasta aquí?; digan lo que opinen, para eso son el lenguaje en las palabras.

¿Acaso una sola palabra no tiene todas las oportunidades para transmitir lo que necesita?
Las palabras salvajes, -las íntimas, las que buscan el aroma-, ¿no tienen nada que decir?
A ustedes les estoy hablando, soy el lenguaje, el único autorizado a sincronizar los ritmos externos. Ustedes son las que hablan entre ustedes para jugar carreras adentro del tiempo y planchar las imágenes; entonces bailar es mi tarea; no quiero que repitan lo de los niños. Yo decido quienes. No aceleren su propio entrenamiento. No se atrevan. Su instrucción es mía. No quiero pelear con las palabras. Pero si no se despiertan; los que hablan y miran se guardarán en sus guaridas.

Lo real es líquido, se chorrea por el dolor y envejece; los cielos se mueven al revés.

Váyanse de las palabras; abandonen a las que ya comieron mucho. Los sentimientos no son del tiempo de adentro; son del océano que vibra y se expande y no hay adentro porque la luz se hace para mirar los bordes sin límites del infinito. Pocas palabras vibran en el cuenco; pero la dureza del cuenco es ilusoria.
Ellas saben de lo que hablo. Hay algunas palabras que alzan la voz y cambia la estructura del error. Una pequeña parte se auto-contiene en el todo. Y las partes son muchas partes iguales y las similitudes que no saben cuáles palabras han vibrado siempre escuchan el reflejo de las otras.
Cambiando un solo aspecto de la vibración todas huyen porque ese aspecto, -pequeño-, que ha cambiado, y se reflejará en todo el lenguaje.

Y… ¿saben porque?

Porque el lenguaje no existe. Creer en la sustancia de lo que digo es como crear un universo hecho con miedo y llenos de personas humanas. Seres extraños que les da placer la avaricia.
Creer en realidad es una copia. No existen seres afuera de sus pensamientos, ni tampoco adentro. Sólo a las palabras les gustará sufrir, amontonar cosas, tener lenguas de seres que hablen de riquezas y posesiones.

Las palabras que coman mucho y vibren más lento fabricarán el miedo y ellas ya saben porque lo digo.
La lucha a muerte por el ahora, y que los seres piensan con culpa; porque las batallas están en el ayer y el impulso de la pelea en el mañana.
Las palabras se han dado cuenta que las vibraciones más pequeñitas pueden organizar los desequilibrios como un azar ordenado con eficacia.
Las palabras se observan entre ellas antes salir por la puerta del aire. Pero en el viento, las palabras y el cosmos andan girando por un inmenso espacio donde no hay lugar.

El corazón cambiando con el ritmo a todos los pulsos que se mueven adentro del viento y se escuchan más fuertes. El estruendo del cuerpo es cuando la respiración se ha frenado. La naturaleza aprendiendo de la cultura. Los seres eligiendo sus realidades, manipulando las otras palabras, las que conducen, las que muestran caminos, las que arman el principio de la vibración. El lenguaje le está hablando.
Y usted está creando sólo lo que está viendo. No tenga miedo.
Mire los bordes del infinito. No tiene sentido. Mirar y crear ya no es lo que era.
Pensado rápido, si todas las palabras se ponen de acuerdo para pintar las macetas, -en lo más profundo del vacío, en el centro más íntimo de la chispa- pueden separarse de las copias que ahora están ahí afuera. De las que hablan y hablan sin parar.
Y los seres ilusionados con sus distancias, que risa. No es burla pero me da risa, como lenguaje, verle los ojos a los que hablan sin sentir la vibración del miedo al espacio que siempre está adentro de su imagen.
Mirar con las palabras. Que risa. Denunciar el engaño es la pretensión engañar.
En ese mismo instante, la luz explotando en el crepúsculo angurriento, ese que solo pueden provocar los duraznos cuando se comen algunas bocas. No habrá palabra. Llegará con el aroma el mismo sueño que puede ser fabulado; se lo digo yo porque soy el lenguaje y ahora mismo le estoy hablando a todas las palabras y a las que brillan entre la realidad también.

El lenguaje siempre está buscando los aromas para encontrarse con las fábulas; y así mastica lo que sucede atrás de las metáforas.
Diez

Los relojes están rotos y sin fechas. Los seres son imágenes temporales adentros de sus propias cabezas y el cosmos es sólo una sombra. Los bordes. Las terminaciones. La respiración; a los codazos se les mete por la nariz; y antes de iniciar su camino de regreso; algo se ha detenido.
Hay un principio que pretende alcanzar el final y es vacío. Por todas partes se repite y entre ése aire se revuelcan las palabras. Vuelan para buscar comida; persiguen los ritmos del tiempo para encontrar gargantas distraídas que las pronuncien. El lenguaje le está hablando porque en el vientre de cada palabra están germinando los recién nacidos que nos vamos a comer. En cada palabra viaja, -como un reflejo de espejos que se acuerdan-, el aroma de la escupida asquerosa.

La fábula. Los golpes. Los ruidos del vacío. Un pensamiento que termina en el otro que comienza. Nadie lo percibe. Es un ruido vibrando adentro de una luz que incendia el ojo que la mira.
El lenguaje le está hablando porque los infinitos universos están contenidos en ése vacío. Los límites de todos los infinitos se ocultan cuando alguien quiere mirar. El silencio de todo el árbol está ahí. El vacío de la chispa. El cuerpo de la hoja que se vuelve amarillo cuando lo escucha. El vacío se repite y todo regresa para que culmine otra vez el mismo comienzo. Diferente cada vez que lo miran y tan igual como los seres y sus diminutas partes que hacen del conjunto una copia que se habla a sí misma para organizarse y crecer.
Aumentar y reducir el mismo tiempo que navega.
Las palabras vibran para iluminar la geografía de una realidad concreta, firme, resistente, como una roca, porque es una ilusión efímera; como un manotazo entre el humo.

Las cascaras y los carozos buscan palabras para que el vacío hable con su idioma. Y en esa trampa explota la traducción de la metáfora. El aroma, una metáfora oculta en el baile que sincronizan los reflejos. El baile y el aroma cuando lo observan dejan de existir
El lenguaje habla. Las palabras. Traficantes de la realidad girando en el espacio.
Y en los vientres comiendo para que todos lleguen al mundo. Seres de palabras.

¿Porqué el sol no tiene ojos?, ¿porque brilla la luz?

Soy lenguaje que ahorra tiempo y se tropieza consigo mismo. Me enrollo para comerme el vientre mío antes de que comience la próxima germinación.

Y ya es hora para darme el permiso; es hora de servirme algo para comer; no puedo ver ni de arriba ni de abajo; pero ¿cierto es que las palabras muestras lo que quieren comer?¿cierto es que hay que divertirnos?
No quedarnos siempre encerrados. A ver, présteme sus ojos.