Quiero mirar -irresponsablemente- dos libros. Bar del Infierno de Alejandro Dolina y El Aleph de Jorge Luis Borges.
No es una aclaración ni una novedad enunciar que Alejandro Dolina en el prólogo de Bar del Infierno manifiesta que ; lo que se quiere decir, a veces no es lo que se dice, entonces las palabras son alegorías, metáforas; y encontrar verdades escondidas en donde nunca se termina de realizar la traducción definitiva, son ocurrencias recurrentes en ambos autores.

El Aleph de Borges comienza con el cuento El Inmortal; ambientado en un Londres de 1929; un anticuario llamado Joseph Cartaphilus, le ofreció en seis libros, -la Illiada-, a una princesa. Luego el tipo se muere en el mar. Y la princesa encuentra en el último tomo de esos libros un manuscrito en inglés.
La versión que ofrece Borges de esa historia es literal. Una traducción literal.

«El regreso» es el primer relato en el libro de Alejandro Dolina. En la China está ambientado; y el relato, es un presente con aire de alegoría, nombres imprecisos, tiempos imprecisos, distancias imprecisas. Para terminar diciendo que hoy no sólo no se recuerda el pueblo sino que nadie sabe cual era ese pueblo.

imageEl segundo cuento del Aleph es «El muerto», un orillero dandosé aires de mandamás en la triple frontera. Termina ultimado de un tiro por Ulpiano Suarez luego de que una especie de Pablo Escobar Gabiria, llamado en el relato Acebedo Bandiera, le permite mandar, acostarse con su mujer y sustituirse, confundirse como si él fuera Acebedo.
Antes de morir comprende que lo traicionaron desde el principio, que le han permitido el mando, el amor, el triunfo porque, para Acebedo Bandiera, ya estaba muerto.

El siguiente relato de Bar del Infierno es «El juego de pelota en Rampatur», donde Dolina se permite hablar de fútbol, ambientado en Nepal, cerca de Katamdú.

Todos los relatos en ambos libros comparten la similar característica de la confusión a partir de una traducción, de una distancia, o de una referencia de dudosa procedencia hecha en primera persona por el personaje que relata. Pienso en Ema Zunz de Borges o en el secreto del profesor Díaz de Dolina.

Los otros relatos quedan por su cuenta, eventual, Cubilero.
Me basta decir que en ambos libros hay capas sobre capas de historias como una cebolla, al despegar una, aparece otra y otra y otra y así, en ese infinito espacio curvo, se manifiesta una búsqueda para comprender los destinos «similares» de la condición humana, en diferentes circunstancias.
Ambos autores argentinos han compuesto una obra cuya ficción provoca un sabor a laberintos, a encrucijadas y a destinos extraviados.