Obituario: Carlos Amieva

La Honda XR 125 es una moto que se comenzó a fabricar en 1993. Venían en negro, blanco y rojo. Un amortiguador atrás y dos, -adelante- con una horquilla.

Carlos Amieva se compró una roja. Muchas tardes, -en aquellos años- hace lo mismo. Llega en su moto hasta la calle Roca. Toca el timbre y pregunta si hay alguno de los pinitos.

Casi siempre es Herman, -quién con sus diez años- sabe que Carlos Amieva viene a jugar uno o dos partidos de ping pong.

Con frecuencia la escena se repite. Carlos Amieva gana. Se va haciendo burla y Hernán, -llorando con ira-, le promete que la próxima vez el ganador será él.

Sin dudas, hay recuerdos que nos permiten tocar el tiempo, pero que, -en ciertos casos-, los recuerdos parecen recipientes para guardar el silencio más rotundo; para mostrar un silencio que nos grita.

Tal vez, lo terrible de los muertos sean sus gestos de vida en nuestra memoria. Nos habitan sin poder separarse de nosotros.

Sin embargo, en esos instantes -acaso- nos podemos convencer que la esperanza es un lujo.

A mediados de los años 90, cuando el Padle se puso de moda, hicieron varias canchas. Una de las más frecuentadas eran las de “Nicanor Padle-Tenis”, que estaban a la vuelta de lo Montiel, -cerca del Sport.

Carlos Amieva, -un gran jugador de Padle-, organiza los primeros campeonatos en esas canchas. La risa de Carlos es estruendosa, burlesca. Sus ojos siempre están entrecerrados; grita cada uno de los tantos que hace como si el puro placer de jugar debiera ser constatado con un “bien che”, o un “así se hace” a gran volumen.

Son éstos pequeños resplandores de verdad , -fatalmente- provisorios, frágiles, y fugaces como las luciérnagas, -los que funcionan como cartas para consolarnos-.

Quizá porque ya conocemos el futuro del que está arriba de esa moto XR 125 -yendo y viviendo- entre partidos de ping pong y de padle-, es que buscamos en el corazón de nuestras noches, algunos recuerdos, como si fuera el dulce resplandor de una luciérnaga. Por supuesto, -como una estrategia de supervivencia-, rechazamos el rayo cruel de los reflectores que iluminan las últimas verdades acerca de Carlos Amieva.

Sólo los religiosos prometen una salvación. Nosotros queremos apenas una pequeña compensación. Queremos recuerdos iluminados con la débil luz de las luciérnagas. Resplandores pasajeros que, -nos permitan esquivar el horizonte-. El horizonte de lo que -ya sabemos- va a pasar en el futuro.

En el mundo que nos ha tocado vivir, existe un tipo, al que se le puso en la cabeza, -la idea de entrenar voley en la arena-.

No es la mano la que se acerca a la red en pleno salto. No es esa mano abierta -en la punta de un brazo extendido- que va a golpear con toda su fuerza una pelota. Son las instrucciones que está obedeciendo.

Unas instrucciones que aprendió hace ya tanto tiempo. Esas instrucciones que, -Leo Aveiro, Bautista Amieva, y tantos otros-, llevan a cuestas. Tales instrucciones han elegido el salto, la mano, la potencia, la velocidad, para qué, -lo recuerden ahora que lo están viendo en su memoria- y vuelvan a recordarlo, -cuando lo hayan perdido para siempre-.

Durará tan poco ese salto. Será tan breve como el resplandor de una luciérnaga. Y -ya vas a ver- toda la vida no nos va a alcanzar para agradecerle a Carlos Amieva que haya existido. Su recuerdo, -se hará un hueco-, como el roce de un ala en pleno vuelo.

El rostro de Carlos Amieva, -como siempre-, tiene una sonrisa maliciosa colgando en la mirada. Los colores lo muerden. Si nos miramos hacia adentro, se habrá ido y nos daremos cuenta que, no es el cuerpo el que se pierde en el bosque. No. Es sólo un rumor de agua. Son los árboles rugosos tocándonos las manos. Y él sigue ahí, -junto al paso de los animales escondidos-, y -en cualquier momento-; vendrá a buscarnos.

Cuando escuché las anécdotas de los partidos de ping pong y de los partidos en las canchas de Nicanor, sospeché que el pasado nos sobrevive.

Sólo somos ocasiones que pasan, heridas que nos golpean, deseos que nos suceden, y si bien, -empezamos a morir ni bien hemos nacido-, cada vez que llega la noche, no sabemos si nos vamos a despertar.

Y Carlos Amieva, -de golpe-, nos mira, se ríe, entrecierra los ojos.